“Pienso en Janice, en el modo en que la
perdí, en el modo en que se desvaneció entre mis brazos bajo la lluvia, y
espero.”
El pasillo de la muerte- Stephen King
A la
mujer que me haya enamorado
De esa
manera, porque a pesar de que ya
Se
escriba con sangre de adulto,
El
corazón, sigue siendo del mismo inútil adolescente.
A la
campana de advertencia que me inspiró
La mujer de mi vida
Sucedió todo en un
minuto. Un simple apagón de luz, un simple pestañear, una simple forma de
enamorarse de una mujer.
Y quién me había
mandado a mí a enamorarme de “esa” mujer. Hermosa, de la cabeza a los pies,
morena, y de una inocencia que cabe destacar que en escasas personas yo había
encontrado.
Una clase de
“Femme Fatale” que mataba con una hermosa y denotada sonrisa, y esos ojos, esos
ojos que eran de un cautivante marrón oscuro. Tanta hermosura debía ser tratada
con cuidado.
La veía casi a
diario, la tortura era diaria. Parecía rutinario, levantarse, cruzarse con
ella, no hablarle nunca y regresar a casa y continuar con la rutina.
Escasas eran las
veces que nos dirigíamos la palabra, inmensa era la separación que existía
entre ambos, pero los dos sabíamos que tendríamos que construir ese puente que
uniera ambos mundos.
Hasta ahora todo
es dulzura y amor, es aquí exactamente donde entra el villano de la historia,
desde mi perspectiva. Podemos llamarlo “El futuro novio”, a pesar de que no lo
era, ese era el “título popular”, el destino que él suponía, ya estaba escrito
así.
Juro que nadie
jamás, ni en centenares de años, podría haber visto esos ojos como los he visto
yo; haber visto esa sonrisa, como la sentí tan cerca, y a la vez tan lejana a
mí.
No daría por
vencido lo único que me había hecho feliz de esa manera.
Yo sentía que ella
me amaba, de una manera era cierto, tendría que serlo.
El océano se
negaba a darse por vencido, a dejarla partir. Este océano, lo único que quería
hacer era tratar de controlarla y lograr que se ahogue en un vacío de dolor.
Ella se estaba ahogando, solo faltaba una mano que la levantara.
Eso era para ella
y para mí. Los dos mereceríamos esa pequeña isla desolada, cerca de un mar
tranquilo. Trataría por cualquier motivo, de conseguir llegar a esa isla, lejos
de esta sociedad dominante. Igualmente, yo también quería de cierto modo,
dominar su vida, quería que ella fuera mía. ¡Qué sentimientos más egoístas!
¿Verdad? No me importó. No me importó cruzar el océano a pesar de las
advertencias, no me interesó en lo más mínimo. La quería para mí solamente.
Mis esfuerzos
fueron en vano para comenzar, aún cuando cada vez que me acercaba a ella,
parecía que cada vez se alejaba más, más y más.
Todos queremos
amar, desde el más pequeño de los organismos vivos hasta el más rudo de los
animales sapientes. Todos quieren a alguien a quien puedan amar, ¿pero por qué
nadie quería amarme? ¿Por qué nadie dejaba que la amara?
Sencillamente, me
había hartado de esta vana represión de la sociedad, así que decidí si yo no
podía amarla a mí manera, la amaría de la manera en la que me quedaba;
solamente ella y yo, sin nadie alrededor, ni nadie entrometido en el medio.
Fue en esa noche
oscura donde la rapté. Bastó con mirarla a los ojos y decirle un simple y
tierno “Estoy loco por vos, terriblemente enamorado” para que ella se dejara
llevar por la borda. Todos sus sueños y metas los dejó en esa vereda, cuando
dio un salto mortal por la ventana para echarse al vacío. Se echó al vacío
conmigo. 5 minutos duramos corriendo descontroladamente hasta encontrar un
refugio en una caverna desierta lejos de la sociedad que la quería restaurar a
su viejo modelo de marioneta.
Se notaba en sus
ojos las ansias por ser libre, por vivir una vida conmigo. Yo estaba listo y decidido a vivir esa vida
con ella, costara lo que costara.
Fue un momento de
mucha tensión, en el umbral, apareció él. Su futuro novio estaba en frente a
nosotros con una decisiva intención de acabar con mi vida. Les diría que lo
podría haber logrado, pero de serlo, no estaría escribiendo estas líneas ¿No es
así? Tras su penosa actuación, fue muy fácil descubrir que era extremadamente
pésimo en disparar un arma de fuego, yo no. Ella no soportó tanto miedo,
gritaba demasiado en un agudo mi sostenido, y tras los gritos del Ex-Futuro
novio descubrieron donde estábamos. Los padres fueron los primeros en irrumpir
en el recinto. Fue una selva de gritos donde no se podía distinguir ningún
camino. Corrimos con todas nuestras fuerzas y pese a los intentos de la
sociedad de reprimirnos, nadie logró separarnos, ni jamás encontrarnos
nuevamente.
Finalmente
llegamos a esa pequeña isla desierta, donde seremos ella y yo, por toda la infinita
eternidad, sin nadie por quién preocuparnos.