sábado, 30 de junio de 2012

El borracho bajo el árbol de Sakura


“La tarde era fresca. El mar tranquilo. Me sentí ligeramente tonificado. Súbitamente, vi otra vez las siete gaviotas del día anterior y esa visión me infundió renovados deseos de vivir”
Relato de un náufrago- Gabriel García Márquez

A un sobrino, que más que sobrino
Es un hermano perdido, o solo un simple psicólogo.
Que a pesar de tener problemas, los aparta para darle paso a los míos.
Al que estuvo en el nacimiento del monstruo
Y en la conclusión y posterior revisión del mismo.

El borracho bajo el árbol de Sakura


No era casualidad, que ella estuviera en ese mismo avión con destino a Japón. Fue todo meticulosamente planificado por ese pequeño granuja llamado “Destino”. Por su culpa, ella nació, se casó, se divorció, y ahora estaba en un avión con destino a Kyoto, Japón.
Unos inteligentes ojos verdes, combinaban perfecto con su lisa y sedosa cabellera marrón. Era alta, pero no mucho, del mismo modo, sus decentes tacos de secretaria la hacían tan alta como la mayoría de los hombres de su edad.
Razón del viaje. Negocios. Diez largas horas duró el viaje. Por suerte ella llevaba un pequeño dispositivo MP3 con música y batería para un día completo. Se durmió al sonar los primeros versos de “Lithium” de Evanescence.
Al despertar la miraban los ojos del hombre sentado junto a ella. “Ya llegamos, señorita.” Dijo en un tono amable. Ella asintió en señal de agradecimiento. Se alejó hacia el lado opuesto a la salida y buscó en el tercer asiento de la fila cinco.
“Vamos pequeño travieso, te extrañé”. Un pequeño niño, de los mismos y hermosos ojos, de 5 o 6 años, yacía sentado impaciente por su madre.
“Odie que nos dieran asientos separados, ojalá lo hayas pasado bien” El niño no dio una respuesta concreta, solo sonrío y tomó a su madre de la mano y juntos bajaron del avión.
El taxi los estaba esperando, subieron a él y los llevó derecho a un hotel.
Cerró la puerta de la habitación y llamó a servicio a habitación y ordenó algo de comer. Al llegar el carrito preparó a su pequeño y comieron juntos mientras veían una película. Él estaba muy emocionado, a pesar de no entender nada. Ella dejó de prestarle atención cuando vio que no había subtítulos. Al niño lo fascinaban las películas de misterio. La madre se sorprendía mucho de su razonamiento al final o mitad de una película. Más de una vez el niño le arruinó el final sin haberla visto previamente, según el niño “se veía venir”. Ella reía por su lógica adulta teniendo 7 años.
A la mañana temprano del día siguiente, precisamente 8 am, dirigía sus pasos hacia la sala de conferencias B, tomada de la mano de su pequeño. Lo dejó en una guardería del mismo edificio. Si fuera por ella hubiera dejado al niño con su padre, pero el único impedimento era que no tenía uno.
Era un edificio de 16 pisos, Enorme y lujoso. Maravillada desde sus ascensores de cristal, desde donde se veía un templo cercano a su hotel que su entrada la adornaba un hermoso y elegante cerezo. Bajo éste, había una pequeña mancha que no se veía claramente desde el 7mo piso. Era un hombre. Más tarde visitaría el templo y lo vería por dentro.
Décimo piso. Tres largas horas de aburridas propuestas de mercadeo y estupideces sin sentido. Aún así, ese era su trabajo, y la paga era buena. Al finalizar la reunión, se despidió de su jefe hasta el otro día y busco nuevamente a su hijo en planta baja.
Tranquilamente, cruzó la avenida principal de la mano del pequeño y se dirigió al templo.
Un hombre, es hombre siempre, esté sobrio, o esté borracho. Un hombre sigue siendo hombre teniendo 20 años como teniendo 40 y largos. Y lo sigue siendo afeitado y pulcro, así como con una prominente y canosa barba estando sucio y maloliente. Así era “El borracho de Sakura” como le decían la mayoría de los pobladores de esa zona, aunque ella no lo sabía.
Un aura de misterio lo rodeaba, nadie sabe porque, pero sin moverse de su lugar, así como tieso se mantenía, se mantenía en estado de ebriedad. Los habitantes más ancianos no sabían desde cuando estaba ahí, pero aparentemente apareció de un día para el otro y nadie supo porque ni nadie supo su nombre, procedencia, edad, ni ningún dato característico de él.
Ella al pasar, se sintió un poco asqueada, no por el hombre, porque a menudo veía gente así de mal cuidada en su camino a trabajar, pero el olor nauseabundo que desprendía era horroroso. El niño lo miró con una cara de felicidad y curiosidad infantil y  el misterioso hombre lo miró por dos segundos. Despacio abrió su boca y pronunció una palabra en perfecto inglés. Pronto.
La mujer se extrañó, y asustada apuró sus pasos dentro del templo con su pequeño.
El borracho miró a su derecha y vio a los siete jóvenes que venían hablando muy levemente entre ellos, mirando a todos lados, sospechando.
Ella estaba impresionada por la belleza y magnitud del templo que se olvidó por completo de su pequeño. De un momento a otro, desapareció de vista.  Pero reapareció nuevamente al escucharse un grito infantil extremadamente fuerte.
Se percató de la ausencia de su hijo y salió corriendo fuera. Lo vio a pocos pasos de la entrada, tirado en el suelo, con un gran charco de sangre rodeándolo.
Varias personas aparecieron rápidamente a rodear al pequeño y llamaron a una ambulancia.
Lágrimas enormes rondaban sus hermosos ojos. Recordó repentinamente al borracho y lo que él le había dicho. “Pronto”. Corrió apresurada hacía él.
-          ¿Qué le has hecho maldito?
-          Yo. Nada. Quizás pueda decirte lo que realmente ocurrió... si es que me tomas en cuenta.
-          Anda, dilo!
-          La sangre al correr, fluye naturalmente, pero cuando alguien, o más bien decir, siete personas, destruyen ese equilibrio natural, ocurre lo que acabas de ver. Siete. Tu número de la mala suerte, del demonio.
Llegó la policía y rodeó a la mujer y la empezaron a interrogar. Les dijo lo que el borracho les había dicho y subieron rápidamente a las patrullas y empezaron a dar vueltas por la ciudad.
Un minuto más tarde, una patrulla dio con los asesinos. Concordaban con la descripción dada.
Su pequeño había muerto. Ya no le quedaba nada por hacer, nada por vivir, lo había perdido todo.
Los siete jóvenes no presentaban armas, ni huellas de pólvora. Nada.
Al enterarse ella de eso corrió apresurada al cerezo. Pero no había ya nadie. Lo vio del otro lado de la avenida, con una gran guadaña en la mano izquierda y la derecha apoyada sobre el hombro de su pequeño. Corrió hacía él, pero ya había desaparecido. Nadie jamás vio al borracho nuevamente, pero todos los habitantes de Kyoto recuerdan, cada 12 de septiembre, como una mujer inglesa murió arrollada por un camión, siete minutos luego de que su pequeño muriera asesinado, por una bala inexistente, que fue disparada por un borracho, bajo un árbol de cerezo, que jamás existió.

El segundo tiro


“Más que infeliz mil veces por faltarme tu luz como el escolar, lejos de sus libros, corre el amor hacia el amor; pero el amor del amor se aleja, como el niño que vuelve a la escuela, con semblante contrito.”
Romeo y Julieta; Acto Segundo Escena dos – Shakespeare

A quién guste hacerse cargo
A la persona que copió mi conducta,
Solo porque sé que lo disfrutará.

El segundo tiro


“De pronto, corrió sudando para bajar las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró el puro aire de la calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía disfrutarlo. Sentía el vil sabor del plomo en su nuca.”
Despertó cubierta en sudor. Fue la peor pesadilla que pueda haber tenido. El dolor ya había pasado, no tenía más por lo cual preocuparse. Era sólo un día más de aburrido trabajo. No se preocupaba por el amor, ni tampoco era una de esas pequeñas niñas que desde bebes soñaban con su perfecta boda, y con un príncipe que la llevará a su enorme castillo, para hacerla su esposa en su magnífico reino. Una persona preocupada por su trabajo y nada más.
Trabajaba en una oficina normal, era secretaria en una empresa común y normal. Vivía 8 horas sentada frente a un escritorio tipeando datos una y otra vez. Era una vida que le gustaba porque pagaba el pan en su casa, y le daba espacio a muchísimos más lujos.
Vivía sola con su gato, y no tenía muchas amigas, más que Luna. Luna era quién cuidaba de su gato y su casa cuando ella tenía que partir en un viaje de negocios.
Esa fue una de las semanas más difíciles en su vida. Pero ella sabía que todo se iba a revertir.
Llegó tarde en reiteradas ocasiones al trabajo debido a embotellamientos que cortaban las avenidas principales, robaron su billetera y le ocurrieron diversos accidentes en la calle, tales como resbalarse, tropezarse con alguien o tener un pequeño gran altercado público.
Domingo. Deseó que su semana terminara rápido. Eran las ocho de la mañana y estaba yendo a trabajar, debía de hacer horas extras si no quería que la despidieran.
Subió al colectivo que la llevaba diario al trabajo ya que lo tomaba en la puerta de su hogar y la dejaba en la puerta del trabajo.
A esa hora sólo había seis pasajeros más. En 15 minutos ya el colectivo estaba casi repleto. El trayecto se iba llenando de personas que trabajan en domingo. Ella iba en uno de los asientos de la mitad del transporte, sentada a su lado, contra la ventana había una mujer anciana. Respirando el aire puro que corría al parar el colectivo para subir, al último pasajero según ella jamás olvidaría.
El hombre cargaba un arma, y planeaba sin lugar a ninguna duda, robar y secuestrar a alguien en el colectivo.
Subió y cuando el chofer le pidió el dinero del boleto desfundó un arma. Apuntó al chofer y gritó que hicieran exactamente lo que él les dijera si no querían ver las negras consecuencias.
La anciana sentada a su lado comenzó a hiperventilar aterrada por el conflicto y el hombre la divisó de inmediato.
Un solo tiro en la frente y la mujer se desplomó contra el asiento de adelante.
Ya no precisaba aire puro, yacía con una extraña mirada mientras la sangre corría por los pies de su acompañante de asiento, que de inmediato comenzó a gritar como lo hizo el resto del colectivo.
El chofer se detuvo, pero de inmediato el hombre lo volvió a apuntar y le dijo que continuara. Lo cumplió a rajatabla. La gente calló. El hombre pidió que dejaran el dinero sobre el asiento y lo fueran dejando juntarlo.
Mostró otras 3 o 4 armas que tenía aparte de la que tenía en la mano.
Mientras decía eso dos o tres chicos trataban de abrir la puerta trasera para poder escapar mientras el chofer conducía. Los tres decoraron de bordo la puerta que jamás se abrió mientras lo intentaron, y entonces el chofer con un rápido movimiento luego de esto avisó por el espejo que iba a abrir la puerta sin que el hombre lo viera para que escaparan los de atrás. Al abrirla lo único que logró fue dos disparos más. Y los cuerpos de los tres chicos de la primera vez, cayeron sobre el frío asfalto, lo que concedió al asesino un bello coro de gritos desde afuera.
Cambió rápidamente su arma. Ya quedaba un poco más de la mitad del colectivo, viva.
Ella no recordó como mataron a los siguientes diez pasajeros pero recordó muy bien como el suelo se llenaba de un río de sangre mientras miraba el suelo. A su alrededor ya no había nadie más vivo.
Lo que era un simple robo se tornó un múltiple asesinato. Pero el hombre no era ningún ladrón, si no un reconocido y loco asesino que ya había actuado cinco veces anteriormente, tanto en casas como en transporte público y se había dado a la fuga en las cinco situaciones.
Riendo gritó cuanto placer le daba el matar gente, mientras ella mezclaba sus lagrimas con roja sangre.
El arma le rozó la nuca. El colectivo había frenado. Ya nadie lo conducía. La chica lentamente se levantó y vio que ya nadie estaba con vida. Era la última, la elegida, la que estaba por morir.
-          ¿Disfrutando tus últimos segundos?
-          No puedes hacernos esto.
-          Creo que ya lo he hecho. ¿O no?
-          ¡Detente!
Y de pronto le quiso disparar, y ella se tambaleó agarrandose de un asiento esquivándolo.
-          ¿No se siente un bello placer al morir? Cuéntame, jamás he muerto, pero si he visto morir a varios a mis manos.
-          Puto cabrón, ya te agarraran los policías.
-          Ya es la quinta vez que hago esto. ¿Acaso me ves tras las rejas?
-          ¡Hijo de puta!
-          Cierra la boca maldita perra, te tendré que disfrutar.
Y dicho esto la intentó violar. Ella lloraba, pero si quería sobrevivir tendría que esperar.
Un momento de desesperación. Consiguió darle un golpe certero que lo dejaría inconsciente por unos pocos momentos que la dejarían escapar.
De pronto, corrió sudando para bajar las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró el puro aire de la calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía disfrutarlo. Sentía el vil sabor del plomo en su nuca. Recordó su sueño y supo que estaba predestinada a morir.
Detrás el maldito asesino reía. Tras ella estaban cinco policías que dispararon sin temor en el pecho del joven.
Ella escuchó los cincos disparos y vio la misma cara de horror que vio en la cara de los demás al momento de morir. La misma cara extraña que tenía la agradable anciana que ya nunca vería, y entonces pensó “¿porque no diablos falté al trabajo?, ahora ya no veré a nadie más por un maldito empleo que no vale la pena”
Se sintió agradecida de estar todavía con conocimiento.
El hombre levantó por última vez su arma, dando un gran suspiro disparó por segunda y última vez, quitándole a esa chica, ya por esas horas desempleada, su infeliz y corta vida.

martes, 26 de junio de 2012

Invierno Gris


“Si yo fuese lluvia, me pregunto si podría vincularme con el corazón de alguien, de la misma forma que la lluvia vincula al cielo con la tierra, dos cosas que nunca pueden juntarse”

Bleach Volumen 3 “Memories in the rain” - Tite Kubo

A la dama de violeta, en quién encontré mi persona
Esa a la que nunca se pudo corresponder y más tarde; no quise corresponder.
Al asesino. Para que cuando lo lea, vea que él también va a morir.
Por ser creación de varios monstruos,
Soberbia, egoísmo, y por agarrarse del codo, aún cuando nadie dio la mano.

Invierno Gris

A

manecía en la zona de cuyo. En las nevadas sierras se respiraba un aire de niebla. Rondaban los primeros días de julio. 7.00 A.m en todo el país. Lo levanta la alarma y él la apaga como quien apaga un fósforo soplando. En la radio sonaba “Dust in the wind” de Cat Stevens. Él no se enteraría de eso. Son datos que la mente, innecesariamente no procesa, dejándolo en el olvido.
10 minutos benditos, 10 minutos de descanso, mientras ocupe el trayecto de la aguja grande yendo desde el número 12 hasta el 2  involuntariamente, gracias al mecanismo del reloj que las contenga y las baterías que éste precise. Solo 10 minutos tuvo, pero los 10 minutos los disfrutó.
Se levantó, no valía la pena quedarse dormido, no era lo suficientemente vago como para dejar pasar una hermosa mañana de lado a pesar de tener que cumplir con la rutina del estudio, él no pensaba lo mismo, no era un chico como los demás, gracioso y lleno de vida, aunque lo aparentaba, vistiendo su cara de felicidad, cuando por dentro solo una persona en ese mundo quitaba la tristeza de su rostro. Alma llena de tristeza.
7.30 A.m, ya llegaba tarde, pero no le importaba, “-si total -él pensaba- al resto no le importa si llego o no”.
7.30 A.m, ella caminaba tranquila y contenta, 7.31 A.m, un disparo en la sien termina con su vida.
7.35 A.m, ya se sentaba tranquilo esperando a que todas esas personas, cuya meta en la vida ahora es nula, esperaran a por entrar a su salón para no hacer nada, más que charlar entre ellos y no prestar atención a lo que los docentes quieren enseñar.
21 de junio. Recién comenzaba su invierno. No era un día tan frío como lo es ahí en esa estación. Ese día no fue tan diferente de los demás días, o por entonces eso creía. Terminó a la 1 de la tarde y volvió a su cara normal. No tenía porque sonreír, volvía a una vida monótona y triste. La única razón para sonreír lo iría a ver a su casa.
13.45 P.m, él entraba a su hogar. Cosas cotidianas de la vida. Salió apresurado para no cruzarse a los cretinos con que a diario lidiaba. La calle estaba vacía, no era lo usual así que lo disfrutaría. Compra lo necesario y sale, en la puerta hay un hombre, él al salir lo deja pasar.
Cosas cotidianas de la vida. Saliendo él la vio. No sabía si era un ángel por su belleza infinita. La sangre caía por su vestido violeta impecable. Era invierno, pero ella usaba un vestido violeta. Nada más.
Sabía que no estaba viva. Una cosa así de perfecta no podía ser real.
1 minuto entero había pasado para que él volviera a la realidad. No había nadie.
Siguió caminando hacia su casa, era solo una calle, así que no pensó que iba a ser mucha molestia, a pesar de los constantes zumbidos de la chica en su oído.
-¿Porque no me reconoces? Si soy yo. Sé que me conoces, no te hagas el desentendido
Es verdad, él la conocía pero le dolía el hecho de que haya muerto y nadie le haya dicho. Se encontraba en una etapa de negación.
No era el primer, dicho de un modo burdo, “fantasma” que veía, pero esperaba que fuera el último.
-         ¿Cuán frescas están tus heridas?
-         5 o 6 horas
-         ¿Alguien se enteró en el instituto?
-         Todos, pero por miedo a tu reacción no te lo dijeron
-         Había un ambiente sórdido hoy
-         ¿Es esa tu más fría expresión? Si yo te conozco, no eres tan frío conmigo
-         Yo haré las preguntas aquí
-         Tienes razón, yo he muerto y tu eres el único que me puedes ver ¿Es por algo en especial?
-         Sabes que es porque te amo
-         ¿Amor?
-         Si

Haciéndose el desentendido no llegaría a ningún lado, pero era el mejor papel para interpretar por ahora. Entró a su casa como si nada, dejó el pan sobre la mesa.
Ella ya se sentaba en su sillón. Él se sentó a su lado, cayó su mano sobre la de ella pero no sintió mas que un frío ínfimo.
-         Ya no será lo mismo no?
-         No, ni creo que puedas seguir sintiendo lo mismo por un espectro.
-         ¿Qué es lo que te retiene?
-        
-         ¿Yo?
-        
Apoyó la cabeza fría sobre su hombro, lloraba pero sus lagrimas él no las sentía.
-         ¿Por qué lo han hecho?
-         La gente es mala
-         Realmente mala
Siguieron así por un rato largo. Horas y horas sentados
-         Véngame
-         Lo haré
-         No tengo duda de eso
-         Te amo, ¿Te lo dije?
-         Toda mi vida
-         Y por toda tu dulce y melancólica muerte

Mitad de su invierno. Las cosas seguían como si nada, ya casi nadie le hablaba en el colegio. No obstante, él lo apreciaba más que nunca, él, el que nunca le fallaría. Y más en la situación en la que se encontraba.
Estaba sobre la pista. Un alma corrompida por la lujuria habitaba bajo esas paredes. Ella lo sabía, hacía poco lo había notado. Él se enteró segundos más tarde.
Todas las mañanas lo veía, ordenando inútilmente a las ovejas que hagan lo que él quería. Como profesor era bárbaro. Pero era un alma oscura. Un alma que merecía un castigo, un castigo horrendo. Y él estaba dispuesto a dárselo.
-         ¿Hasta este extremo hemos llegado?
-         Quizás si mi corazón dejara de latir, no me dolería tanto
-         No digas esas cosas
-         No te das una idea de lo que es perder a alguien a manos de alguien que ves todos los días y sabes que no ha sido castigado
-         Te he perdido a ti
-         No es excusa
-         Díselo a mi corazón
-         Cuando por fin cobre venganza, se lo diré
-         Amor
-         ¿Qué?
-         Estas hablando solo devuelta

Amor. Si no fuera por el amor, seguiría siendo todo igual.
Volvió en sí, “Haga la tarea” – Le decía el maldito asesino, excusa de profesor.

La furia corría por sus venas una vez más. Ya pasó ¾ de su invierno. No hay justicia. Su alma ruega por un milagro, algo que lo inculpe. No hay huellas, no hay razón. Y lo que más falta, es la razón, ¿porque lo había hecho?.Nadie lo sabría.
Finalmente se decidió. Noche del 19 de septiembre. 0.00 A.m.
-         ¿Me amas?
-         Como siempre lo he hecho
-         ¿Lo aseguras?
-         Con mi vida
-         El momento ha llegado
-         Que con ansias he esperado

20 de septiembre. 10.00 A.m. Tenía clase con él.
Entra con su paso apresurado, sonrisa malévola a mano. Espera a que obedientemente sus ovejas se paren y demuestren respeto. Las ovejas no esperan ni dos segundos. Solo una se detiene. Termina parándose.
Fuera, la interminable lluvia no cesa. Ya nadie se interesa en él, y menos un profesor de su categoría. Sabía que lo había dañado, pero se negaba a admitirlo, obviamente no lo iba a hacer, lo incriminaría.
Leves pasos para levantarse. Un disparo y todo acabaría. Tronó. Las luces se fueron. Todos gritaban, pero sin notar al alma sedienta de venganza que se levantó. Ventanas rotas. Ovejas corriendo fueron a refugiarse fuera del aula. Él solo y el asesino. Él lo veía desde el principio. El arma le perforaba los ojos, y el sudor caía por su frente.
-         ¿Hace cuánto lo sabes?
-         Desde que la mataste
-         Y que vas a hacer ¿Vengarla? – Dijo riéndose despectivamente- No me hagas reír
-         La Venganza... Mi primer paso a la gloria. Mi último paso en la vida
-         Detente, es inútil

Calibre 22, dos balas. Presiono el gatillo, pero aún así, nadie lo escuchó. Era demasiado el ruido para que se dieran cuenta. Las ovejas, tanto adultas como pequeñas, corrían desesperadas por el pasillo buscando refugio. El agua ya les rozaba los talones.
Él, tranquilamente, caminó hacía la salida. Nadie lo notaría.
Fuera, en medio de la incesante lluvia,  esperaba él.
-         Tu aura es oscura
-         El sabor de la sangre es extraño, sabe a dulce a pesar de la amarga consecuencia
-         Aún así, sigues siendo mi hermano
-         Y siempre lo seré
-         Hagas lo que hagas lo sabes
-         Entonces aléjate, lo que menos te conviene ahora es estar cerca de mí. Pronto despegaré
-         Rezaré por ti
-         Vete

Se alejó un par de pasos. Lo miró de reojo una vez, le guiñó el ojo, y entró al establecimiento.
Contemplo el arma. Calibre 22, una sola bala.
La lluvia cesó. Fue el fin de su invierno. A pesar de que era octubre.
El arma yacía en el suelo, sin huellas, la lluvia, cruel borrador, eliminó los rastros de cualquier prueba. Las ovejas salían a ver la luz, pero en frente tenían la imagen más horrorosa de todas.
-         Llegaste
-         No me iba a hacer esperar
-         Sabía que vendrías
-         ¿Qué es esto?
-         No es ni el cielo, ni el infierno
-         ¿Entonces?
-         Es nuestro mundo
-         Aquí seremos felices y nadie nos separará
-         Nadie
-         ¿Sabías que te amo, no?
-         No tanto como yo.

jueves, 14 de junio de 2012

El febrero del mejor amigo del Diablo


“Tal vez era mejor que se supiera todo. Apoyó entonces una mano sobre el hombro de su amigo. -Lamento muchísimo haberte causado tantos trastornos”
Epidemia- Robin Cook

A ella, el cisne que me mostró una realidad
De la manera a la que no me animaba a verla
Porque dio su tiempo para demostrarle a un simple humano
La grandeza de ver la realidad con los ojos de la inmortalidad
De un simple servidor, Neitt .D
 

El febrero del mejor amigo del diablo


Si no fuera porque soy muy mentiroso, les diría que fue un mes normal aquel febrero de 1972. Pero quien llegó hasta aquí, le va a tocar saber la verdad que sufrí, la verdad que palpé con mis propias manos sobre la congelada capa  que divide la cordura, de la masacre.
Nacido en Bournemouth, al sur de Inglaterra, agradezco a la vida haberme hecho para durar, para dar testimonio, de hechos reales tales como la magia y demás. No es que sea una persona optimista, pero en verdad, de todos los humanos con los cuales pude llegar a hablar, tuve que hablarle a Bradley Junxton.
¿Quién será? Se preguntaran, bueno, Bradley era un londinense huérfano, con aspiraciones de un francés. Alto, moreno, bastante apuesto para la perspectiva de un hombre. El destino lo dotó de una inteligencia sublime, digna de envidiar. Cuando llegó a mi curso ese enero, se sentó al lado mío y entablamos una charla, por los límites de lo agradable. Entonaba con una voz dulce, ronca pero dulce. Tenía sueño, me lo hacía notar cada 15 segundos  con un nuevo y sonoro ronquido.
Si de primer impresión estamos hablando, tuve una buena.  Pero no es oro todo lo que reluce. Pronto pasamos de ser dos simples desconocidos a ser inseparables hermanos. Y así enero dio paso a febrero.
Febrero trajo consigo, un mes de tormentas, fuertes vientos y heridos alcanzados por rayos, entre ellos un vecino, y así como trajo malestar temporal, trajo además un augurio de que ya nada sería lo mismo.
Brad como lo había notado, era un chico normal, pero yo era (y lo sigo siendo) un gran mentiroso, así que lo más normal que hacía ese chico era respirar, es más, creo que ni el hábito de comer compartíamos.
No sé porque, pinté mis trazos en la historia con comedia, si la misma roza los límites de la tragedia.
Un interlocutor tan atento como lo eres tú, se hubiera percatado que un chico como lo fui, no fue hecho para soportar cosas terribles, pero Brad me ayudó a soportarlo.
Los primeros días de febrero amenazó la lluvia, y ésta no era la única cosa amenazante. Se llamaba John, su apellido no lo recuerdo, pero no tiene importancia, lo que si importa, es que hacia rato me venía haciendo penosa la existencia, y Brad terminó ocupándose de él, fue ahí cuando me di cuenta con el peligro en que me había metido.
Para mantenernos breves no contaré todo febrero, porque los mediados de ese mes no fueron de demasiada importancia.
Los profesores se volvieron más estrictos, una chica me rechazó en frente de medio colegio riéndose de mi, y a John lo atropelló un coche dándole así sus últimos minutos de vida en este cruel mundo.
Llegaba el martes 29, fue el primer año bisiesto que me percataba de que febrero, ese año, tenía 29 días. Llovía, llovía mucho.
No hubo un solo día en ese mes que no estuviésemos juntos Brad y yo. Así que la gente ya se acostumbraba a sentir la presencia del dúo que se había formado. Bueno, está bien, voy a dejar de mentir.
La gente no nos quería, o por lo menos a mí por juntarme con él. Pero lo raro era que no se metían con él, pero conmigo si. Yo era el débil.
Como dije, llovía y mucho. Las usuales bromas no se hicieron esperar, y Brad Ya se había hartado de esos tratos, pero él, era una persona callada.
La gota que rebalsó el vaso.
Volvimos del receso empapados, bueno solo Brad y yo, nos dejaron fuera, con la puerta cerrada. Se reían de nosotros.
La furia de Brad al entrar, parecía que lo había secado y despejado de sus húmedas ropas. Yo seguía siendo el mismo algodón mojado.
Entró y saludó la profesora, me regañó riendo por estar mojado. Alex, el sucesor de John, hizo un chiste de mal gusto y todos lo aplaudieron y aclamaron, incluso la profesora, entonces salí para ir a secarme un poco al baño.
Cinco minutos tardé. Cinco minutos bastaron para que Brad, mostrara su ser interior, el que yo conocía y adoraba.
Los gritos cesaron y ahí entré yo. Brad estaba parado al fondo del salón con la cabeza de Alex colgando de su mano, los intestinos de la profesora daban vueltas en un ventilador, la chica que me rechazó, yacía sobre su mesa dividida al medio, con su corazón reducido a dos piezas simétricas.
El curso pasó de un agradable verde azulado a un bordo sangriento.
-          Confía en mí, no hay necesidad para temer.- Dijo Brad.
Dos minutos tardé en balbucear un simple “Esta bien”. Me quedé una hora parado viendo la escena. Brad se había ido en un abrir y cerrar de ojos, y me quedé solo. Solo por horas, contemplando la escena, con un cuchillo ensangrentado en la mano y la cabeza de Alex en la otra.
Y así finalizó mi febrero, el resto es historia, como tu lo sabrás, interlocutor perspicaz.
Brad no volvió más. En la escena de la masacre, solo se encontraron huellas mías, como si él hubiera borrado todo, y entonces irrumpieron los policías. Lo único que me dejó tranquilo era que yo sabía que había sido Brad.
-          ¿Otra vez hablando solo? Vamos, es tiempo de tu dosis de Halopidol, Neitt.