sábado, 30 de junio de 2012

El borracho bajo el árbol de Sakura


“La tarde era fresca. El mar tranquilo. Me sentí ligeramente tonificado. Súbitamente, vi otra vez las siete gaviotas del día anterior y esa visión me infundió renovados deseos de vivir”
Relato de un náufrago- Gabriel García Márquez

A un sobrino, que más que sobrino
Es un hermano perdido, o solo un simple psicólogo.
Que a pesar de tener problemas, los aparta para darle paso a los míos.
Al que estuvo en el nacimiento del monstruo
Y en la conclusión y posterior revisión del mismo.

El borracho bajo el árbol de Sakura


No era casualidad, que ella estuviera en ese mismo avión con destino a Japón. Fue todo meticulosamente planificado por ese pequeño granuja llamado “Destino”. Por su culpa, ella nació, se casó, se divorció, y ahora estaba en un avión con destino a Kyoto, Japón.
Unos inteligentes ojos verdes, combinaban perfecto con su lisa y sedosa cabellera marrón. Era alta, pero no mucho, del mismo modo, sus decentes tacos de secretaria la hacían tan alta como la mayoría de los hombres de su edad.
Razón del viaje. Negocios. Diez largas horas duró el viaje. Por suerte ella llevaba un pequeño dispositivo MP3 con música y batería para un día completo. Se durmió al sonar los primeros versos de “Lithium” de Evanescence.
Al despertar la miraban los ojos del hombre sentado junto a ella. “Ya llegamos, señorita.” Dijo en un tono amable. Ella asintió en señal de agradecimiento. Se alejó hacia el lado opuesto a la salida y buscó en el tercer asiento de la fila cinco.
“Vamos pequeño travieso, te extrañé”. Un pequeño niño, de los mismos y hermosos ojos, de 5 o 6 años, yacía sentado impaciente por su madre.
“Odie que nos dieran asientos separados, ojalá lo hayas pasado bien” El niño no dio una respuesta concreta, solo sonrío y tomó a su madre de la mano y juntos bajaron del avión.
El taxi los estaba esperando, subieron a él y los llevó derecho a un hotel.
Cerró la puerta de la habitación y llamó a servicio a habitación y ordenó algo de comer. Al llegar el carrito preparó a su pequeño y comieron juntos mientras veían una película. Él estaba muy emocionado, a pesar de no entender nada. Ella dejó de prestarle atención cuando vio que no había subtítulos. Al niño lo fascinaban las películas de misterio. La madre se sorprendía mucho de su razonamiento al final o mitad de una película. Más de una vez el niño le arruinó el final sin haberla visto previamente, según el niño “se veía venir”. Ella reía por su lógica adulta teniendo 7 años.
A la mañana temprano del día siguiente, precisamente 8 am, dirigía sus pasos hacia la sala de conferencias B, tomada de la mano de su pequeño. Lo dejó en una guardería del mismo edificio. Si fuera por ella hubiera dejado al niño con su padre, pero el único impedimento era que no tenía uno.
Era un edificio de 16 pisos, Enorme y lujoso. Maravillada desde sus ascensores de cristal, desde donde se veía un templo cercano a su hotel que su entrada la adornaba un hermoso y elegante cerezo. Bajo éste, había una pequeña mancha que no se veía claramente desde el 7mo piso. Era un hombre. Más tarde visitaría el templo y lo vería por dentro.
Décimo piso. Tres largas horas de aburridas propuestas de mercadeo y estupideces sin sentido. Aún así, ese era su trabajo, y la paga era buena. Al finalizar la reunión, se despidió de su jefe hasta el otro día y busco nuevamente a su hijo en planta baja.
Tranquilamente, cruzó la avenida principal de la mano del pequeño y se dirigió al templo.
Un hombre, es hombre siempre, esté sobrio, o esté borracho. Un hombre sigue siendo hombre teniendo 20 años como teniendo 40 y largos. Y lo sigue siendo afeitado y pulcro, así como con una prominente y canosa barba estando sucio y maloliente. Así era “El borracho de Sakura” como le decían la mayoría de los pobladores de esa zona, aunque ella no lo sabía.
Un aura de misterio lo rodeaba, nadie sabe porque, pero sin moverse de su lugar, así como tieso se mantenía, se mantenía en estado de ebriedad. Los habitantes más ancianos no sabían desde cuando estaba ahí, pero aparentemente apareció de un día para el otro y nadie supo porque ni nadie supo su nombre, procedencia, edad, ni ningún dato característico de él.
Ella al pasar, se sintió un poco asqueada, no por el hombre, porque a menudo veía gente así de mal cuidada en su camino a trabajar, pero el olor nauseabundo que desprendía era horroroso. El niño lo miró con una cara de felicidad y curiosidad infantil y  el misterioso hombre lo miró por dos segundos. Despacio abrió su boca y pronunció una palabra en perfecto inglés. Pronto.
La mujer se extrañó, y asustada apuró sus pasos dentro del templo con su pequeño.
El borracho miró a su derecha y vio a los siete jóvenes que venían hablando muy levemente entre ellos, mirando a todos lados, sospechando.
Ella estaba impresionada por la belleza y magnitud del templo que se olvidó por completo de su pequeño. De un momento a otro, desapareció de vista.  Pero reapareció nuevamente al escucharse un grito infantil extremadamente fuerte.
Se percató de la ausencia de su hijo y salió corriendo fuera. Lo vio a pocos pasos de la entrada, tirado en el suelo, con un gran charco de sangre rodeándolo.
Varias personas aparecieron rápidamente a rodear al pequeño y llamaron a una ambulancia.
Lágrimas enormes rondaban sus hermosos ojos. Recordó repentinamente al borracho y lo que él le había dicho. “Pronto”. Corrió apresurada hacía él.
-          ¿Qué le has hecho maldito?
-          Yo. Nada. Quizás pueda decirte lo que realmente ocurrió... si es que me tomas en cuenta.
-          Anda, dilo!
-          La sangre al correr, fluye naturalmente, pero cuando alguien, o más bien decir, siete personas, destruyen ese equilibrio natural, ocurre lo que acabas de ver. Siete. Tu número de la mala suerte, del demonio.
Llegó la policía y rodeó a la mujer y la empezaron a interrogar. Les dijo lo que el borracho les había dicho y subieron rápidamente a las patrullas y empezaron a dar vueltas por la ciudad.
Un minuto más tarde, una patrulla dio con los asesinos. Concordaban con la descripción dada.
Su pequeño había muerto. Ya no le quedaba nada por hacer, nada por vivir, lo había perdido todo.
Los siete jóvenes no presentaban armas, ni huellas de pólvora. Nada.
Al enterarse ella de eso corrió apresurada al cerezo. Pero no había ya nadie. Lo vio del otro lado de la avenida, con una gran guadaña en la mano izquierda y la derecha apoyada sobre el hombro de su pequeño. Corrió hacía él, pero ya había desaparecido. Nadie jamás vio al borracho nuevamente, pero todos los habitantes de Kyoto recuerdan, cada 12 de septiembre, como una mujer inglesa murió arrollada por un camión, siete minutos luego de que su pequeño muriera asesinado, por una bala inexistente, que fue disparada por un borracho, bajo un árbol de cerezo, que jamás existió.

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