sábado, 30 de junio de 2012

El segundo tiro


“Más que infeliz mil veces por faltarme tu luz como el escolar, lejos de sus libros, corre el amor hacia el amor; pero el amor del amor se aleja, como el niño que vuelve a la escuela, con semblante contrito.”
Romeo y Julieta; Acto Segundo Escena dos – Shakespeare

A quién guste hacerse cargo
A la persona que copió mi conducta,
Solo porque sé que lo disfrutará.

El segundo tiro


“De pronto, corrió sudando para bajar las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró el puro aire de la calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía disfrutarlo. Sentía el vil sabor del plomo en su nuca.”
Despertó cubierta en sudor. Fue la peor pesadilla que pueda haber tenido. El dolor ya había pasado, no tenía más por lo cual preocuparse. Era sólo un día más de aburrido trabajo. No se preocupaba por el amor, ni tampoco era una de esas pequeñas niñas que desde bebes soñaban con su perfecta boda, y con un príncipe que la llevará a su enorme castillo, para hacerla su esposa en su magnífico reino. Una persona preocupada por su trabajo y nada más.
Trabajaba en una oficina normal, era secretaria en una empresa común y normal. Vivía 8 horas sentada frente a un escritorio tipeando datos una y otra vez. Era una vida que le gustaba porque pagaba el pan en su casa, y le daba espacio a muchísimos más lujos.
Vivía sola con su gato, y no tenía muchas amigas, más que Luna. Luna era quién cuidaba de su gato y su casa cuando ella tenía que partir en un viaje de negocios.
Esa fue una de las semanas más difíciles en su vida. Pero ella sabía que todo se iba a revertir.
Llegó tarde en reiteradas ocasiones al trabajo debido a embotellamientos que cortaban las avenidas principales, robaron su billetera y le ocurrieron diversos accidentes en la calle, tales como resbalarse, tropezarse con alguien o tener un pequeño gran altercado público.
Domingo. Deseó que su semana terminara rápido. Eran las ocho de la mañana y estaba yendo a trabajar, debía de hacer horas extras si no quería que la despidieran.
Subió al colectivo que la llevaba diario al trabajo ya que lo tomaba en la puerta de su hogar y la dejaba en la puerta del trabajo.
A esa hora sólo había seis pasajeros más. En 15 minutos ya el colectivo estaba casi repleto. El trayecto se iba llenando de personas que trabajan en domingo. Ella iba en uno de los asientos de la mitad del transporte, sentada a su lado, contra la ventana había una mujer anciana. Respirando el aire puro que corría al parar el colectivo para subir, al último pasajero según ella jamás olvidaría.
El hombre cargaba un arma, y planeaba sin lugar a ninguna duda, robar y secuestrar a alguien en el colectivo.
Subió y cuando el chofer le pidió el dinero del boleto desfundó un arma. Apuntó al chofer y gritó que hicieran exactamente lo que él les dijera si no querían ver las negras consecuencias.
La anciana sentada a su lado comenzó a hiperventilar aterrada por el conflicto y el hombre la divisó de inmediato.
Un solo tiro en la frente y la mujer se desplomó contra el asiento de adelante.
Ya no precisaba aire puro, yacía con una extraña mirada mientras la sangre corría por los pies de su acompañante de asiento, que de inmediato comenzó a gritar como lo hizo el resto del colectivo.
El chofer se detuvo, pero de inmediato el hombre lo volvió a apuntar y le dijo que continuara. Lo cumplió a rajatabla. La gente calló. El hombre pidió que dejaran el dinero sobre el asiento y lo fueran dejando juntarlo.
Mostró otras 3 o 4 armas que tenía aparte de la que tenía en la mano.
Mientras decía eso dos o tres chicos trataban de abrir la puerta trasera para poder escapar mientras el chofer conducía. Los tres decoraron de bordo la puerta que jamás se abrió mientras lo intentaron, y entonces el chofer con un rápido movimiento luego de esto avisó por el espejo que iba a abrir la puerta sin que el hombre lo viera para que escaparan los de atrás. Al abrirla lo único que logró fue dos disparos más. Y los cuerpos de los tres chicos de la primera vez, cayeron sobre el frío asfalto, lo que concedió al asesino un bello coro de gritos desde afuera.
Cambió rápidamente su arma. Ya quedaba un poco más de la mitad del colectivo, viva.
Ella no recordó como mataron a los siguientes diez pasajeros pero recordó muy bien como el suelo se llenaba de un río de sangre mientras miraba el suelo. A su alrededor ya no había nadie más vivo.
Lo que era un simple robo se tornó un múltiple asesinato. Pero el hombre no era ningún ladrón, si no un reconocido y loco asesino que ya había actuado cinco veces anteriormente, tanto en casas como en transporte público y se había dado a la fuga en las cinco situaciones.
Riendo gritó cuanto placer le daba el matar gente, mientras ella mezclaba sus lagrimas con roja sangre.
El arma le rozó la nuca. El colectivo había frenado. Ya nadie lo conducía. La chica lentamente se levantó y vio que ya nadie estaba con vida. Era la última, la elegida, la que estaba por morir.
-          ¿Disfrutando tus últimos segundos?
-          No puedes hacernos esto.
-          Creo que ya lo he hecho. ¿O no?
-          ¡Detente!
Y de pronto le quiso disparar, y ella se tambaleó agarrandose de un asiento esquivándolo.
-          ¿No se siente un bello placer al morir? Cuéntame, jamás he muerto, pero si he visto morir a varios a mis manos.
-          Puto cabrón, ya te agarraran los policías.
-          Ya es la quinta vez que hago esto. ¿Acaso me ves tras las rejas?
-          ¡Hijo de puta!
-          Cierra la boca maldita perra, te tendré que disfrutar.
Y dicho esto la intentó violar. Ella lloraba, pero si quería sobrevivir tendría que esperar.
Un momento de desesperación. Consiguió darle un golpe certero que lo dejaría inconsciente por unos pocos momentos que la dejarían escapar.
De pronto, corrió sudando para bajar las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró el puro aire de la calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía disfrutarlo. Sentía el vil sabor del plomo en su nuca. Recordó su sueño y supo que estaba predestinada a morir.
Detrás el maldito asesino reía. Tras ella estaban cinco policías que dispararon sin temor en el pecho del joven.
Ella escuchó los cincos disparos y vio la misma cara de horror que vio en la cara de los demás al momento de morir. La misma cara extraña que tenía la agradable anciana que ya nunca vería, y entonces pensó “¿porque no diablos falté al trabajo?, ahora ya no veré a nadie más por un maldito empleo que no vale la pena”
Se sintió agradecida de estar todavía con conocimiento.
El hombre levantó por última vez su arma, dando un gran suspiro disparó por segunda y última vez, quitándole a esa chica, ya por esas horas desempleada, su infeliz y corta vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario