“Más
que infeliz mil veces por faltarme tu luz como el escolar, lejos de sus libros,
corre el amor hacia el amor; pero el amor del amor se aleja, como el niño que
vuelve a la escuela, con semblante contrito.”
Romeo
y Julieta; Acto Segundo Escena dos – Shakespeare
A
quién guste hacerse cargo
A la
persona que copió mi conducta,
Solo
porque sé que lo disfrutará.
El segundo tiro
“De pronto, corrió
sudando para bajar las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró
el puro aire de la calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía
disfrutarlo. Sentía el vil sabor del plomo en su nuca.”
Despertó cubierta
en sudor. Fue la peor pesadilla que pueda haber tenido. El dolor ya había
pasado, no tenía más por lo cual preocuparse. Era sólo un día más de aburrido
trabajo. No se preocupaba por el amor, ni tampoco era una de esas pequeñas
niñas que desde bebes soñaban con su perfecta boda, y con un príncipe que la
llevará a su enorme castillo, para hacerla su esposa en su magnífico reino. Una
persona preocupada por su trabajo y nada más.
Trabajaba en una
oficina normal, era secretaria en una empresa común y normal. Vivía 8 horas
sentada frente a un escritorio tipeando datos una y otra vez. Era una vida que
le gustaba porque pagaba el pan en su casa, y le daba espacio a muchísimos más
lujos.
Vivía sola con su
gato, y no tenía muchas amigas, más que Luna. Luna era quién cuidaba de su gato
y su casa cuando ella tenía que partir en un viaje de negocios.
Esa fue una de las
semanas más difíciles en su vida. Pero ella sabía que todo se iba a revertir.
Llegó tarde en
reiteradas ocasiones al trabajo debido a embotellamientos que cortaban las
avenidas principales, robaron su billetera y le ocurrieron diversos accidentes
en la calle, tales como resbalarse, tropezarse con alguien o tener un pequeño
gran altercado público.
Domingo. Deseó que
su semana terminara rápido. Eran las ocho de la mañana y estaba yendo a
trabajar, debía de hacer horas extras si no quería que la despidieran.
Subió al colectivo que la llevaba
diario al trabajo ya que lo tomaba en la puerta de su hogar y la dejaba en la
puerta del trabajo.
A esa hora sólo
había seis pasajeros más. En 15 minutos ya el colectivo estaba casi repleto. El
trayecto se iba llenando de personas que trabajan en domingo. Ella iba en uno
de los asientos de la mitad del transporte, sentada a su lado, contra la
ventana había una mujer anciana. Respirando el aire puro que corría al parar el
colectivo para subir, al último pasajero según ella jamás olvidaría.
El hombre cargaba
un arma, y planeaba sin lugar a ninguna duda, robar y secuestrar a alguien en
el colectivo.
Subió y cuando el
chofer le pidió el dinero del boleto desfundó un arma. Apuntó al chofer y gritó
que hicieran exactamente lo que él les dijera si no querían ver las negras
consecuencias.
La anciana sentada
a su lado comenzó a hiperventilar aterrada por el conflicto y el hombre la
divisó de inmediato.
Un solo tiro en la
frente y la mujer se desplomó contra el asiento de adelante.
Ya no precisaba
aire puro, yacía con una extraña mirada mientras la sangre corría por los pies
de su acompañante de asiento, que de inmediato comenzó a gritar como lo hizo el
resto del colectivo.
El chofer se
detuvo, pero de inmediato el hombre lo volvió a apuntar y le dijo que
continuara. Lo cumplió a rajatabla. La gente calló. El hombre pidió que dejaran
el dinero sobre el asiento y lo fueran dejando juntarlo.
Mostró otras 3 o 4
armas que tenía aparte de la que tenía en la mano.
Mientras decía eso
dos o tres chicos trataban de abrir la puerta trasera para poder escapar
mientras el chofer conducía. Los tres decoraron de bordo la puerta que jamás se
abrió mientras lo intentaron, y entonces el chofer con un rápido movimiento
luego de esto avisó por el espejo que iba a abrir la puerta sin que el hombre
lo viera para que escaparan los de atrás. Al abrirla lo único que logró fue dos
disparos más. Y los cuerpos de los tres chicos de la primera vez, cayeron sobre
el frío asfalto, lo que concedió al asesino un bello coro de gritos desde
afuera.
Cambió rápidamente
su arma. Ya quedaba un poco más de la mitad del colectivo, viva.
Ella no recordó
como mataron a los siguientes diez pasajeros pero recordó muy bien como el
suelo se llenaba de un río de sangre mientras miraba el suelo. A su alrededor
ya no había nadie más vivo.
Lo que era un
simple robo se tornó un múltiple asesinato. Pero el hombre no era ningún
ladrón, si no un reconocido y loco asesino que ya había actuado cinco veces
anteriormente, tanto en casas como en transporte público y se había dado a la
fuga en las cinco situaciones.
Riendo gritó
cuanto placer le daba el matar gente, mientras ella mezclaba sus lagrimas con
roja sangre.
El arma le rozó la
nuca. El colectivo había frenado. Ya nadie lo conducía. La chica lentamente se
levantó y vio que ya nadie estaba con vida. Era la última, la elegida, la que
estaba por morir.
-
¿Disfrutando tus últimos segundos?
-
No puedes hacernos esto.
-
Creo que ya lo he hecho. ¿O no?
-
¡Detente!
Y de pronto le quiso disparar, y ella
se tambaleó agarrandose de un asiento esquivándolo.
-
¿No se siente un bello placer al
morir? Cuéntame, jamás he muerto, pero si he visto morir a varios a mis manos.
-
Puto cabrón, ya te agarraran los
policías.
-
Ya es la quinta vez que hago esto.
¿Acaso me ves tras las rejas?
-
¡Hijo de puta!
-
Cierra la boca maldita perra, te
tendré que disfrutar.
Y dicho esto la intentó violar. Ella
lloraba, pero si quería sobrevivir tendría que esperar.
Un momento de desesperación. Consiguió
darle un golpe certero que lo dejaría inconsciente por unos pocos momentos que
la dejarían escapar.
De pronto, corrió sudando para bajar
las condenadas escaleras. Había finalmente bajado. Respiró el puro aire de la
calle, cuando de pronto se dio cuenta que ya no podía disfrutarlo. Sentía el
vil sabor del plomo en su nuca. Recordó su sueño y supo que estaba predestinada
a morir.
Detrás el maldito asesino reía. Tras
ella estaban cinco policías que dispararon sin temor en el pecho del joven.
Ella escuchó los cincos disparos y vio
la misma cara de horror que vio en la cara de los demás al momento de morir. La
misma cara extraña que tenía la agradable anciana que ya nunca vería, y
entonces pensó “¿porque no diablos falté al trabajo?, ahora ya no veré a nadie
más por un maldito empleo que no vale la pena”
Se sintió agradecida de estar todavía
con conocimiento.
El hombre levantó por última vez su
arma, dando un gran suspiro disparó por segunda y última vez, quitándole a esa
chica, ya por esas horas desempleada, su infeliz y corta vida.
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