jueves, 28 de marzo de 2013

Elocuente Estafa


“-Juras- Le dije – Que no causarás más daños; ¿No has demostrado ya un grado de maldad que debiera, con razón, hacerme desconfiar de ti? ¿ No será esto una trampa que aumentará tu triunfo, al otorgarte mayores posibilidades de venganza?”
Frankestein- Mary W. Shelley

A esa persona que me habló en el camino
Que aunque jamás le hablo, de algún modo siempre me escucha
Y me salva de la perdición esa que no me gusta frecuentar.

Elocuente estafa

Era un jueves, siempre en mi vida era jueves. Se hacían las tres de la tarde. Mis pasos eran guiados nuevamente en un antro de asquerosa rutina a la nueva definición de infierno.
La rutina, no se dan una maldita idea de cómo odio la rutina. Brindo por la rutina, siempre lo mismo: levantarse temprano, asistir al trabajo, mediodía, almuerzo, infierno, vuelta a casa, resto del día normal. Solo una simple hora, podía desequilibrar toda una planificada y lógica rutina.
Lo que en mi vida era una hora, en algunos pasaba como microsegundos. Odiaba ese hecho. ¿Por qué tanta facilidad para transcurrir el tiempo, si son simples personas, no han tenido el gusto, el honor de presenciar la revelación como yo?
De todas maneras no es lo que realmente importa. La cuestión que de un momento a otro él apareció en esa esquina, y me hablo. Finalmente la verdad estaba ante mis ojos.
-¿Qué es lo que haces?, me dijo.
 -Camino, le respondí.
-¿Hacia dónde?
- Mi  perdición.
-Yo puedo darte la respuesta a tu problema.
-¿Ah sí? ¿Y cómo puede ser eso?
-Sabes que sé. Solo sígueme.
La figura encapuchada me señaló un desvío en aquella esquina y yo sin dudar la seguí. Fuimos caminando un largo trecho, hasta que me señaló un edificio abandonado. Cercado estaba el perímetro de aquel viejo hospital, en el cual centenares de veces había él oído la historia del asesino y los pacientes del ala de emergencias.
-Entra- Ordenó. Simplemente movió sus labios extrañamente pálidos para pronunciar una sola palabra. Entra. ¡Y qué poder para ordenar tenía! Al simple sonar de sus labios cual niño hipnotizado en un espectáculo de magia entré.
Deambule lo que yo creí que estaba solo con sus ágiles pero a la vez lentos pasos detrás de mí. ¡Cuántas incontables veces había visto en una película a un grupo de jóvenes ingresar en un hospital abandonado para ir muriendo uno por uno asesinados por una entidad fantasmal o un asesino despiadado! Y heme allí, transitando esos mismos pasillos, vacíos y con la tenue luz del sol reflejando desde sus rotas ventanas. Agujas rotas, estetoscopios, batas quirúrgicas manchadas de bordo yacían a mi alrededor.
-Habitación 1683- Pronunció una voz en mi cabeza. Frente a mí, la puerta. Sin vacilar la abrí y con mis ojos y vislumbré, sin lugar a duda alguna, la peor de las escenas que hasta entonces había presenciado. Sangre salpicaba las paredes de un claro beige. Pedazos de carne, huesos, entremezclados en el más putrefacto de los olores. Asustaba, sí, pero yo lo miraba maravillado. El pequeño individuo salía despacio debajo de la camilla con sus manos enchastradas en un sutil carmesí. Tenía ante mis ojos, mis desprovistos ojos, al perpetrador de semejante masacre. Había resuelto el caso que por tantos años había quedado en el olvido. El ser sangriento se acercó a mí.
Tuve volarle de una patada su cabeza. Cayó inconsciente en frente de mis pies.
-¿Entiendes ahora?
-Totalmente
-Ahora, el precio ya está pactado. Sabes lo que debes hacer.
-Lo sé muy bien señor.
Y al decir esas palabras desapareció. Al no verlo más encaminé mis pesados pasos hacia el infierno nuevamente.
Al llegar los vi, uno tras otro entraban en esa enorme habitación, pues no sabían quién cerraría con llave la puerta en cuestión de minutos.
Pánico. Pánico mezclado con el olor de la sangre. Eso realmente era el infierno. Era lo que más me gustaba del infierno, ver a esa gente sufrir ante mí.
-No, no lo hagas. Sé que no eres así.
Un único joven había quedado.
-Ve, y diles a todos lo que yo he sentenciado. Eres mi nuevo lacayo.
Y mientras corría a su perdición, yo apilaba lentamente los cuerpos.
Al llegar la policía no habían ya manchas de sangre en las paredes, no habían cuerpos despedazados por doquier. El joven escéptico se echó para atrás y no creía lo que veía. Todos los cuerpos de esos jóvenes habían desaparecido, y jamás aparecieron, a pesar de las constantes búsquedas por las denuncias de desaparición
Yo tampoco lo creía. Estaba cómodamente sentado en la cama de la habitación 1683, de ese abandonado hotel con una pila de cadáveres putrefactos al lado mío, con el del ser que habitaba en la habitación encabezando la pirámide.
-Eres mucho mejor que él.
-Lo sé, ahora que ya elegí a mi reemplazo, sólo debo esperar a que termine mi legado.
-¿Reemplazo? El anterior poseedor, simplemente enloqueció. Supongo que no era lo suyo, pero veo que contigo no me equivoqué.
-Poco a poco, el momento se acercará en el que tendrás que avisarle que vendrá a cumplir mi deber.
-Pero mientras tanto veremos como sigue tu reinado.
-Matar es lo que más placer me da.
-Lo sé, Neitt. Lo sé.

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