“-Juras- Le dije –
Que no causarás más daños; ¿No has demostrado ya un grado de maldad que
debiera, con razón, hacerme desconfiar de ti? ¿ No será esto una trampa que
aumentará tu triunfo, al otorgarte mayores posibilidades de venganza?”
Frankestein- Mary W. Shelley
A esa persona que me
habló en el camino
Que aunque jamás le
hablo, de algún modo siempre me escucha
Y me salva de la
perdición esa que no me gusta frecuentar.
Elocuente estafa
Era un jueves, siempre en mi
vida era jueves. Se hacían las tres de la tarde. Mis pasos eran guiados
nuevamente en un antro de asquerosa rutina a la nueva definición de infierno.
La rutina, no se dan una maldita
idea de cómo odio la rutina. Brindo por la rutina, siempre lo mismo: levantarse
temprano, asistir al trabajo, mediodía, almuerzo, infierno, vuelta a casa,
resto del día normal. Solo una simple hora, podía desequilibrar toda una
planificada y lógica rutina.
Lo que en mi vida era una hora,
en algunos pasaba como microsegundos. Odiaba ese hecho. ¿Por qué tanta facilidad
para transcurrir el tiempo, si son simples personas, no han tenido el gusto, el
honor de presenciar la revelación como yo?
De todas maneras no es lo que
realmente importa. La cuestión que de un momento a otro él apareció en esa
esquina, y me hablo. Finalmente la verdad estaba ante mis ojos.
-¿Qué es lo que haces?, me dijo.
-Camino, le respondí.
-¿Hacia dónde?
- Mi perdición.
-Yo puedo darte la respuesta a
tu problema.
-¿Ah sí? ¿Y cómo puede ser eso?
-Sabes que sé. Solo sígueme.
La figura encapuchada me señaló
un desvío en aquella esquina y yo sin dudar la seguí. Fuimos caminando un largo
trecho, hasta que me señaló un edificio abandonado. Cercado estaba el perímetro
de aquel viejo hospital, en el cual centenares de veces había él oído la
historia del asesino y los pacientes del ala de emergencias.
-Entra- Ordenó. Simplemente
movió sus labios extrañamente pálidos para pronunciar una sola palabra. Entra.
¡Y qué poder para ordenar tenía! Al simple sonar de sus labios cual niño
hipnotizado en un espectáculo de magia entré.
Deambule lo que yo creí que
estaba solo con sus ágiles pero a la vez lentos pasos detrás de mí. ¡Cuántas
incontables veces había visto en una película a un grupo de jóvenes ingresar en
un hospital abandonado para ir muriendo uno por uno asesinados por una entidad
fantasmal o un asesino despiadado! Y heme allí, transitando esos mismos
pasillos, vacíos y con la tenue luz del sol reflejando desde sus rotas
ventanas. Agujas rotas, estetoscopios, batas quirúrgicas manchadas de bordo
yacían a mi alrededor.
-Habitación 1683- Pronunció una
voz en mi cabeza. Frente a mí, la puerta. Sin vacilar la abrí y con mis ojos y
vislumbré, sin lugar a duda alguna, la peor de las escenas que hasta entonces
había presenciado. Sangre salpicaba las paredes de un claro beige. Pedazos de
carne, huesos, entremezclados en el más putrefacto de los olores. Asustaba, sí,
pero yo lo miraba maravillado. El pequeño individuo salía despacio debajo de la
camilla con sus manos enchastradas en un sutil carmesí. Tenía ante mis ojos,
mis desprovistos ojos, al perpetrador de semejante masacre. Había resuelto el
caso que por tantos años había quedado en el olvido. El ser sangriento se
acercó a mí.
Tuve volarle de una patada su
cabeza. Cayó inconsciente en frente de mis pies.
-¿Entiendes ahora?
-Totalmente
-Ahora, el precio ya está
pactado. Sabes lo que debes hacer.
-Lo sé muy bien señor.
Y al decir esas palabras
desapareció. Al no verlo más encaminé mis pesados pasos hacia el infierno
nuevamente.
Al llegar los vi, uno tras otro
entraban en esa enorme habitación, pues no sabían quién cerraría con llave la
puerta en cuestión de minutos.
Pánico. Pánico mezclado con el
olor de la sangre. Eso realmente era el infierno. Era lo que más me gustaba del
infierno, ver a esa gente sufrir ante mí.
-No, no lo hagas. Sé que no eres
así.
Un único joven había quedado.
-Ve, y diles a todos lo que yo
he sentenciado. Eres mi nuevo lacayo.
Y mientras corría a su
perdición, yo apilaba lentamente los cuerpos.
Al llegar la policía no habían
ya manchas de sangre en las paredes, no habían cuerpos despedazados por
doquier. El joven escéptico se echó para atrás y no creía lo que veía. Todos
los cuerpos de esos jóvenes habían desaparecido, y jamás aparecieron, a pesar
de las constantes búsquedas por las denuncias de desaparición
Yo tampoco lo creía. Estaba
cómodamente sentado en la cama de la habitación 1683, de ese abandonado hotel
con una pila de cadáveres putrefactos al lado mío, con el del ser que habitaba
en la habitación encabezando la pirámide.
-Eres mucho mejor que él.
-Lo sé, ahora que ya elegí a mi
reemplazo, sólo debo esperar a que termine mi legado.
-¿Reemplazo? El anterior
poseedor, simplemente enloqueció. Supongo que no era lo suyo, pero veo que
contigo no me equivoqué.
-Poco a poco, el momento se acercará
en el que tendrás que avisarle que vendrá a cumplir mi deber.
-Pero mientras tanto veremos
como sigue tu reinado.
-Matar es lo que más placer me
da.
-Lo sé, Neitt. Lo sé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario